Para que se realice todo proceso de comunicación es necesario la intervención de una serie de elementos constantes: emisor, receptor y el medio que se emplee para llevarlo a cabo. El emisor codifica la información a través de su léxico hablado o escrito, de imágenes, de sonidos o de una forma combinada de lenguajes. El mensaje son las señales que el receptor debe de interpretar. La comunicación será más eficaz, en tanto el emisor y el receptor compartan los mismos códigos y el campo de experiencias sobre un tema determinado sea común o cercano, para que el significado del mensaje pueda ser comprendido, decodificado.
Como dice Eco,[12] código es “un sistema de símbolos que por convención previa está destinado a representar y a transmitir la información desde la fuente emisora hasta el punto de destino receptor”.
En el proceso de la comunicación, los roles de emisor y receptor interactúan dinámicamente intercambiándose, lo que convierte a cada elemento en endo-emisores; es decir, ambos realizan un proceso de codificación y decodificación. Cuando se obtiene una respuesta al mensaje enviado el proceso se llama retroalimentación.
En este proceso la interpretación que el receptor hace del mensaje no siempre coincide con lo que el emisor ha querido transmitir, por lo que éste debe tomar en cuenta las experiencias comunes que tenga con el receptor dentro de su repertorio. Tras los problemas interpretativos se esconden:
a) la mala codificación del mensaje por falta de conocimientos o hábitos comunicativos del endo-emisor,
b) la transmisión deficiente del mensaje por falta de habilidad comunicativa de quién emite,
c) la distorsión del mensaje por ruidos en los canales seleccionados,
d) una mala decodificación del mensaje por parte del endo-emisor por falta del conocimiento del vocabulario, diferentes connotaciones culturales o barreras, o por falta de hábitos comunicativos y diferencias de contextos.